
Tampoco es constante el fluir de la sangre en el cuerpo, ni la respiración que se agita o se calma, ni el mismo segundero que da la sensación de apresurarse cuando debiera postergar los finales y que languidece cuando debería darse prisa.
Es tan fina la línea que separa al maniaco-depresivo del monstruo, como la que separa a la resiliente de la resignada.
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