Hay un recorrido cronológico que inicia incluso antes de que el lazo umbilical sea cortado. Aquel cordón que conecta al ser con el mundo de repente se encuentra mutilado, podrido, caído.
Ese vínculo que enlaza las presencias del yo y del otro es brutalmente amputado, sin embargo, la existencia de ambos es irreductible.
¿Cómo logra el ser advertir aquella presencia ajena, y más aún… cómo logra convivir con ella? De ahí un ser aturdido, desbastado, resquebrajado, que no sólo debe asumir su propia existencia, sino que además debe admitir la ardua y la no-fácil “presencia del otro”.
domingo, 19 de julio de 2009
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