El monstruo de la rigidez se metió en mí
con su dureza,
con su frío.
Yo dormí,
y al despertar
empezó el cuerpo
a dejar de ser una roca fría.
Bienvenida la calidez,
el movimiento
el flujo
el respirar.
Es tan fina la línea que separa al maniaco-depresivo del monstruo, como la que separa a la resiliente de la resignada.
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