En el registro civil, me dice una mujer francesa:
-No podemos realizar su trámite porque usted no porta el apellido de su marido.
-Tengo derecho a portar mi propio apellido...
-Tráigame un certificado donde eso conste.
-Merci, au revoir...
Es tan fina la línea que separa al maniaco-depresivo del monstruo, como la que separa a la resiliente de la resignada.
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